La políticia y la ética en «Don’t look up»

La película Don’t look up es una de las mejores sátiras políticas de los últimos años en el cine, y una de los más eficaces señalamientos a la fractura de la ética en la política.

Se ha escrito ya mucho sobre su contenido: se destaca, por un lado, que es una crítica a los gobiernos populistas y cínicos; también se ha subrayado la mordaz imagen de los nuevos ultra ricos globales, que lideran y gobiernan sobre las empresas recnológicas, en alianza con las financieras. No queda atrá la cruda imagen de los medios de comunicación, en tanto entidades frívolas, movidas privilegiadamente por el afán de ganar audiencias, y su contraparte, en las redes sociales, a través de la diseminación de fake news y el predominio de conversaciones literalmente idiotas.

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Además de lo anterior, hay un aspecto sobre el que vale la pena hacer un alto y reflexionar. En la mayoría de las reseñas que he leído respecto de la política, se afirma que en el filme hay un debate entre la racionalidad científica y la racionalidad política. En efecto, hay algo de weberiano en el guión  de la película: quienes hacen política hablan del mundo «como debiera ser», generando ideologías de todo tipo, mientras que quienes hacen ciencia hablan del mundo «tal y como es», aunque eso no los aleja ni los blinda completamente de tener una ideología o de servir a intereses que no siempre son neutrales o a favor de las mejores causas.

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La cuestión de la ética

En ese sentido, hay en el filme una cuestión de fondo, y es la ética que está en la base de la racionalidad de la toma de decisiones. Es decir, no es a final de cuentas la ciencia la que confronta a la política, sino la ética de quien hace ciencia. Ya el filósofo Martin Heidegger lo había planteado con total claridad hace varias décadas: la ciencia instrumental y la técnica nunca le han dado claridad ética a las sociedades. Y eso es lo que debe subrayarse respecto de Don’t loop up, pues lo que se pone en tensión es el conjunto de motivaciones que le dan forma y sentido a las decisiones de la política, incluso yendo en contra de lo que dictan no sólo la ciencia, sino el más elemental sentido común.

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La otra cuestión es la forma en cómo los públicos reciben y procesan los mensajes de los medios de comunicación y de las redes sociales; pues lo que está allí es no sólo un profundo cuestionamiento a los políticos, a los «líderes de opinión», sino sobre todo, a una masa amorfa de población, que no es capaz siquiera de darse cuenta de que le mienten. Y peor todavía, una masa que repite y cree las mentiras que le cuentan, porque quieren creer en políticos que piensan y actúan con base en valores que son los suyos.

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Destaca la radiografía precisa que se hace de la utilización del discurso del rencor y el resentimiento, sentimiento que -como bien lo había anticipado desde el siglo XIX Federico Nietzsche-, carcome y consume con una velocidad sin igual a casi cualquier persona con un espíritu agotado.

La política del resentimiento

El discurso político predominante que se muestra en el filme tiene la virtud de mostrar la construcción de una exterioridad -que no una alteridad-, siempre superior al individuo. Es el sujeto vacuo, insustancial el que aplaude a sus opresores. El que quiere creer que todos mienten, excepto aquellos que le dicen lo que qiere escuchar: sus dominadores, los que alimentan su ego con basura, porque de basura parece estar hecho.

Sostenía Nietzsche: ««Mientras que toda moral noble brota de un triunfante decir sí a uno mismo, la moral de esclavos dice de antemano NO y este NO es su acto creador. Esta inversión de la mirada que instaura valores, esta necesaria dirección hacia fuera en lugar de hacia atrás, hacia sí mismo, pertenece precisamente al resentimiento: la moral de esclavos necesita siempre, para surgir, primero un mundo opuesto y exterior; necesita, por decirlo en lenguaje fisiológico, estímulos externos para actuar; su acción es radicalmente reacción»

«No miren arriba» es una potente metáfora que nos recuerda que quien mejor nos miente es quien nos invita a no ver la vulgar engañifa que nos presenta como verdad. Se trata de una cinta literalmente no ficcional, que nos convoca sí a la crítica a los autoritarios y promoventes del fanatismo más vulgar y el culto a la personalidad de los putrefactos; pero más aún, a comprender que si aquellos pueden ser «exitosos» es poqrque tienen una contraparte, que se cuenta en millones de seres humanos, dispuestos a creer, a aplaudir y sobre todo, a obedecer.

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