Educación: otro sexenio perdido

Educación: otro sexenio perdido

Desde principios de la década de los 90, cuando Carlos Salinas de Gortari propuso modificar el artículo 3º Constitucional, para llevar a cabo “la reforma educativa definitiva” para México, todos los presidentes han impulsado sus propias versiones de pretendidas reformas que resolverán, “de una vez por todas”, la deficiente y de pésima calidad de la educación que se imparte en nuestro país. Sin embargo, se repite una y otra vez el escenario del «sexenio perdido».

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La más reciente, quizá la más estridente en términos propagandísticos en los últimos 30 años, ha mostrado su ineficacia e impertinencia, resultando un fiasco más, pero de manera trágica, un sexenio más, de incumplimiento del derecho a la educación en nuestro país.

Los resultados que se han dado a conocer hasta ahora de las Pruebas PISA, muestran que, a diferencia de lo que podría pensarse de manera inicial, es que el confinamiento y el cierre de las escuelas sería el principal factor explicativo de la caída que se tuvo en los niveles de aprendizaje, en casi todos los países evaluados. Sin embargo, no es así. Hay países que tuvieron cierre de aulas por periodos más largos, pero cuyos resultados superan a los de otros países con cierres menos prolongados.

Para el caso de México los resultados nos ubican en el peor de los mundos: se tuvo uno de los cierres de escuelas más extendidos en el planeta; y al mismo tiempo, una de las peores caídas en los niveles de aprendizaje y rendimiento, particularmente en el pensamiento matemático, que es el campo en que se tuvo el mayor énfasis en la evaluación. De hecho, el nuestro es el segundo país de América Latina con mayor nivel de retroceso, y esto considerando que es uno de los que siempre se ubica entre los de peores resultados, en cualquiera de las áreas que se evalúan.

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Entre los resultados dados a conocer en el informe de PISA, se encuentra de forma interesante que los países que no sólo no retrocedieron, sino que incluso tuvieron avances, fue el papel de las y los maestros y las instituciones educativas, lo que marcó la diferencia: allí donde hubo mayor acompañamiento y capacidad de mostrar cercanía con el alumnado, se presentaron los mejores resultados.

 

A la par de lo anterior, fueron los países donde se utilizaron de manera más intensiva y con mayor pertinencia pedagógica y de contenidos las nuevas tecnologías de la información, donde los aprendizajes mejoraron o al menos se mantuvieron en los niveles prepandémicos.

Si México quiere convertirse en serio en un país auténticamente democrático y con garantía plena de los derechos humanos, no puede continuar con un sistema educativo tan deplorable como el que hemos tenido en las últimas décadas. Y esto porque además de los nuevos retos, seguimos arrastrando problemas estructurales que cobran una mayor dimensión cunado se piensan a la luz de los resultados de PISA.

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En efecto, estamos muy lejos de garantizar la cobertura universal en escuelas de calidad, pues mantenemos desigualdades inaceptables: por un lado, escuelas urbanas que funcionan, en promedio, mejor que el resto; y escuelas rurales y centros CONAFE que carecen de prácticamente de todo.

Seguimos teniendo miles de escuelas sin baños, puertas, ventanas, pintarrones, mesas, sillas, y ya no se diga además aulas digitales y acceso a internet de alta velocidad; y toto lo más elemental, sin contar la carencia de agua y servicios de drenaje que garanticen las condiciones de sanidad a que nuestras niñas, niños y adolescentes tienen derecho.

Por otro lado, el país ha tenido retrocesos muy importantes en sus esquemas de operación. En lugar de universalizar las escuelas de tiempo completo y avanzar hacia un programa universal e integral de garantía del derecho a la alimentación de la niñez mexicana, esta administración decidió cancelarlo, cuando se tenía la oportunidad de ponerlo en la base de un nuevo sistema nacional de cuidados.

La otra cuestión que ningún gobierno ha logrado resolver de forma estructural, es la cuestión laboral del magisterio; pues en prácticamente todos los gobiernos, lo que se ha buscado es pactar o incluso cooptar a las dirigencias sindicales; pero también ha ocurrido que se han convertido en rehenes de las secciones más violentas y dedicadas a vivir del chantaje y las prebendas que obtienen vía la paralización de los servicios educativos.

Lo que muestra la experiencia histórica es que la única manera de llevar a cabo una reforma educativa integral es que ésta sea resultado de un auténtico proceso de consenso público; con diálogos abiertos y de cara a la sociedad, en los cuales puedan participar genuinamente todas y todos los interesados en contribuir a construir un nuevo sistema educativo nacional eficiente pero sobre todo, capaz de cumplir con el espíritu constitucional de garantizar una educación que dé capacidades para la abstracción, el pensamiento crítico, el desarrollo de las artes y las humanidades, así como de pensamiento científico de vanguardia.

En la sociedad de la inteligencia artificial no tenemos tiempo que perder, pues construir un nuevo curso de desarrollo exige de un sistema que, desde el preescolar hasta el posgrado, busque la excelencia educativa; promueva valores cívicos para la construcción de más y más democracia; y genere los saberes que son indispensables para continuar creciendo sin comprometer la viabilidad ecológica del planeta. Pero eso requiere de todas las voces y todas las inteligencias que tienen algo que aportar, y no del sectarismo y el autoritarismo con que se han construido la mayoría de las reformas realizadas hasta ahora.

Investigador del PUED-UNAM

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